El Precio del Progreso

Por: Fernando Santos

En el universo existe una ley férrea que tarde o temprano se manifiesta en nuestro
mundo: La Ley de Causa y Efecto. Muchos la llaman la ley de siembra y cosecha. Esta ley
simplemente establece que toda acción tiene su efecto y que todo efecto está causado por una
acción previa. El progreso de las naciones y la creación de riqueza obedece fielmente a esta ley
tanto positiva como negativamente, ya que va de la mano con el desarrollo social, económico y
tecnológico de las sociedades, así como también con el deterioro progresivo del medio ambiente.
En este artículo trataré de abordar brevemente la segunda vertiente expuesta, es decir, las
consecuencias que tiene el avance humano en la naturaleza.


Para comprender el efecto de nuestras acciones en el medio ambiente, tenemos que
irremediablemente observar las causas que lo produjeron. Para ello, utilizaré como punto de
referencia el estallido de la revolución industrial, acaecida en la segunda mitad del siglo XVIII
en el Reino de Gran Bretaña, ya que a partir de aquí ocurren las transformaciones económicas,
sociales y tecnológicas más aceleradas en la historia de la humanidad. En las décadas siguientes
a dicha revolución, comenzó un implacable frenesí por la obtención de recursos o materias
primas para la elaboración de artículos de la más diversa naturaleza. La industrialización había
surgido. Desde aquí comenzó el declive a gran escala de la naturaleza.


Debido a la creación de innovadores productos como el barco de vapor, telar mecánico,
ferrocarril y automóvil, solo por mencionar algunos, se crearon grandes industrias como son la
textil, petrolera y química. Sin lugar a dudas, cada una de éstas industrias ha ocupado un papel
protagónico en el vertiginoso e imparable desarrollo que hemos experimentado en los últimos
trescientos años. Pero, ¿a qué costo? Según la ONU, la industria textil representa más del 10% de
las emisiones globales de CO 2 y es la causante del 20% de las aguas residuales del mundo; la
industria petrolera causa más del 20% de las emisiones de metano (solo superada por la
agricultura); y la industria química, quizá la más letal de todas, es responsable en gran
proporción de la contaminación del aire, el agua y los suelos produciendo millones de muertes al
año debido a enfermedades como el cáncer u otras complicaciones pulmonares y cardíacas.


Naturalmente, los países más industrializados tienden a ser los más afectados por las
consecuencias de su desarrollo. Ejemplos sobran. Por citar algunos, tenemos a China, que por
cierto es el país más contaminado del mundo, la cual posee 5 de las ciudades más contaminadas
del planeta, entre ellas Shanghái y Wuhan (epicentro de la pandemia del COVID-19) donde el
índice promedio de calidad del aire supera las 100 unidades cuando lo recomendable sería entre
0 a 75 unidades. Los incendios forestales en Australia, el oeste de Estados Unidos y
recientemente Turquía son otros casos palpables del empeoramiento del medio ambiente. De
acuerdo a la ONU, más de dos toneladas de aguas residuales cada día desembocan en los cuerpos
acuíferos del mundo y más del 60% de esos residuos son plásticos, esto constituye una muestra
bochornosa del desastre que estamos orquestando.


Pareciera ser que existe una relación inversamente proporcional entre nuestro avance y la
decadencia de nuestro entorno, es decir, mientras más nos desarrollamos más exterminamos la
naturaleza. Lo irónico del caso es que nosotros como “seres inteligentes” estamos en rumbo

directo a convertirnos en víctimas de nuestro propio crecimiento. Aunque se han tomado
medidas para tratar de mitigar los ya fatídicos efectos del desarrollo humano, como es el caso del
Acuerdo de París para el 2050, la verdad es que el estatus quo se sigue imponiendo e incluso se
atenúa y se hace de la vista gorda a tan preocupantes y serios problemas. Lo cierto es que cada
vez que se gana algo irremediablemente se pierdo algo y viceversa. Debemos tratar de ganar más
conciencia y perder un poco de ambición; recordemos que suceda lo que suceda, la ley férrea de
causa y efecto va a seguir aplicándose de manera inquebrantable.

Fernando Santos

Escritor y estudiante de ingeniería civil en Estados Unidos