La Navidad

La Navidad es un proceso espiritual de resonancia universal con
gran énfasis en Occidente.
Conmemora el nacimiento de Cristo en una cueva de Jerusalén
hace más de dos milenios.
Nadie ha perdurado tanto como la imagen de ese ser entregado al
martirio para salvar a los seres humanos del hundimiento moral.
Nadie ha sido más consecuente.
Cristo es asociado al perdón cubriendo todas las culturas desde los
países nórdicos hasta África, donde tienen a su Cristo Negro, desde
la India donde se le conoce como un avatar, es decir, un ser divino
encarnado en humano, hasta el último confín de la tierra, desde el
arte, que lo ha trabajado con delectación hasta las comunidades
indígenas que lo tienen como una deidad protectora.
Los griegos lo dieron a conocer como Crestus, un profeta que
dirigía una secta de incondicionales. Hasta la Edad media se le
nombraba como El Pez.
En el Nuevo Testamento es llamado El León de Judá.
Hay unos doce apelativos para nombrarlo, desde El hijo del
hombre, el Segundo Adán hasta El Salvador y El Maestro o Raví,
el rey de los judíos y el Hombre de la Historia, ya que la dividió en
dos. Es la figura más conocida por la humanidad a través de una
incesante iconografía que despega en el siglo IV y llega hasta el arte
de nuestros días.
Se ha impuesto a la humanidad la Navidad como una época de
paz, de comprensión y de confraternidad, dones que fueron dados
al mundo por el mesías.
Tenemos entonces que la Navidad merece una sana alegría, un
tiempo de reflexión y cambio.
Y asimismo, el esfuerzo de ser mejores, de obtener la fe verdadera
que nace de los sentimientos genuinos, un alto al frenesí y la locura,
una búsqueda de la alegría sana y sanadora, un instante para la luz
ante el abismo que acecha, una siembra de paz y de comprensión,
un alto sentimiento de humanidad y con ello, el acercamiento al
Cristo verdadero, tan difícil de imitar.

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