Por qué Trump podría ganar las elecciones

La estrategia del campo republicano tal cual la vimos en la convención esta semana, una estrategia pensada para conducir a la exaltación de los sentimientos patrióticos, temores, y ahogar el pensamiento, podría llevar a Trump a ganar las elecciones de noviembre.

Esta estrategia puede funcionar en la audiencia a la que está dirigida: indecisos, habitantes de los suburbios y por supuesto una base convencida.

La estrategia viajó de la imaginería de una fortaleza, inexpugnable, sólida, sin quiebres, a los valores de una América profunda, a la supuesta amenaza a esos valores, a la imagen de la destrucción de lo más preciado para cada uno, se asentó en el campo de batalla desde un sitio histórico que cambió el rumbo de la guerra de 1812, Fort McHenry.

Toda escenografía tiene un sentido: el patriotismo, resistencia, triunfo. La puesta en escena comprendía contacto directo, se baja de la plataforma y se toman riesgos para mostrar cercanía.

Una parte del mensaje nos dice: son capaces de arriesgar la vida por nosotros, la otra parte nos dice: el Covid quedó atrás, comenzó el regreso a la normalidad.

En la noche de ayer se cerró la convención, esta vez desde el centro del poder, el máximo símbolo del poder: la Casa Blanca, presentada como espacio abierto a sus seguidores, con un mensaje que no cambia:

América, sus valores están en peligro, están siendo atacados por la turba, la ley y el orden están siendo atacados, ideas peligrosas se deslizan en la mente de los americanos, lo que ayer era extremismo hoy es aceptado, si Biden gana es el fin de la América que conocemos.

La imagen jugaba a tres bandas, el poder institucional: la Casa Blanca, el poder político en el líder: Donald Trump, el pueblo, sus seguidores en los jardines de la Casa Blanca. Esa es la América a la que se regresa: sin máscaras, dando la cara; la audiencia, el pueblo, codo a codo dando cara al peligro. El peligro no es la pandemia, el peligro es la destrucción de esa América. Somos la última barrera.

Lenguaje simplista, directo, pero me temo, efectivo. No es un lenguaje universal, es un discurso selectivo.

Apunta, al igual que en el 2016, a un cálculo matemático, a una cirugía reparadora que le permitiría ganar, juntar los votos necesarios para continuar en el poder.

Anoche se cerraron las convenciones, con fuegos artificiales como corresponde a la tradición, eleven la mirada al cielo y no miren alrededor.

Anoche el cuadro era claro, a un lado el poder de América, no la de Trump, la América de los poderosos, de la elite económica, la continuidad de la grandeza de América, con su desigualdad, con su racismo institucional, con la injusticia institucional, con la desigualdad económica que da la grandeza a la vida de los que detentan el poder en América.

Ese era un rostro de América.

Al otro lado de la reja, fuera de la Casa Blanca, los manifestantes. El otro rostro de América.

Y ambos lados conforman América. No es la América de Trump, esa desigualdad, ese desprecio por la vida humana comenzó mucho antes, comenzó con el asesinato del primer hombre de color en manos de la policía y que nadie dijo o hizo nada.

Comenzó cuando se masacró a los primeros niños en una escuela, y todos se escandalizaron, pero nadie hizo nada para sacar las armas de manos de otros niños, las armas de guerra de manos de los civiles.

Comenzó cuando se segregó, y continuó cuando se integró pero sin dar oportunidad real de integrarse a la gente de color; el sueño americano no es para todos.

Comenzó cuando se levantó el primer metro del muro para rechazar inmigrantes, cuando se puso traba al asilo.

Comenzó cuando dejamos de sentirnos parte del mundo y nos sentimos superiores al resto del mundo y quisimos imponer nuestra forma de vida y de pensar.

Visto desde lo alto se veían dos Américas, ni la de Trump ni la de Biden, una ejerciendo el poder, la otra en la calle, lejos del poder. El retrato fiel de nuestra América.

Estamos en la recta final de la campaña, y esta no se puede trasformar en una guerra de comunicados. Se necesita una campaña de carne y hueso, sin discursos previamente escritos para lograr votos.

Necesitamos una campaña que se salga del libreto, que dé la cara, que se proyecte más allá de la pandemia –es peligroso que la pandemia se transforme en una muletilla electoral. Se trata de cómo y sobre todo para quién relanzar el país cuando la pandemia quede atrás.

Necesitamos una campaña que nos diga claramente qué país queremos reconstruir, en qué lado de la foto nos ubicamos: en el viejo poder, o en una nueva América.

Si no abrimos las puertas al futuro, si no dejamos claro qué medidas concretas, no promesas, tomaremos para terminar con la injusticia y desigualdad, que se arrastra desde hace tantos años, si no tenemos claro de dónde viene la violencia seguiremos incubando la violencia.

Anoche comenzó el fin de la campaña, anoche dos Américas estaban a cada lado de la reja. Anoche hubo promesas y temor.

Anoche los fuegos artificiales se acabaron y llegó el momento de mirar en los ojos a nuestro vecino a aquél que no queremos en nuestros barrios, aquél al que tememos por el color de su piel.

Llegó de momento de reconocer que se arrastra una deuda histórica a la que hay que dar solución o Donald J. Trump, u otro como él, podrá ganar.

Quedan 66 días para mostrar que no se trata solamente de cambiar al que ocupa la Casa Blanca, y que, el día en que el próximo presidente jure, al tomar una foto desde la altura, se vea como de costumbre, al poder político en la Casa Blanca y al pueblo nuevamente, al otro lado de la reja.

Si hacemos hincapié en lo circunstancial, y no en las raíces, Trump puede ganar.

Si los candidatos demócratas no se acercan a la gente, Trump puede ganar.

Anoche frente a la Casa Blanca Trump mostró su verdadero rostro: no terminó con el vicepresidente a su lado, terminó con su clan en la tribuna, los Trump en el poder, los Trump dando la espalda a la audiencia, eran los Trump dueños del imperio.

Donald J. Trump encarnó el sueño de todo autócrata: el poder soy yo, yo y mi descendencia.
Pero sobre todo lo que podría dar el triunfo a Trump es el creer que es imposible que gane. Ello lo llevó al triunfo en el 2016, ello podría darle el triunfo en el 2020.

Por Gustavo Gac-Artigas

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