La paradoja del voto latino en favor de Trump

Mientras Donald Trump busca su reelección en la lucha ante el demócrata Joe Biden, la pregunta, al igual que en el ciclo 2016, es por qué un porcentaje de latinos sigue apoyando a un presidente que ha ofendido a la comunidad latina con retórica y política pública; que le guiña el ojo a supremacistas blancos; que es antiinmigrante y que no es precisamente modelo de la moral y los valores que tanto dicen defender esos latinos, particularmente los religiosos.

Ya en 2016 sorprendió a propios y extraños que el 29% del voto latino se hubiese decantado por Trump, pues revelaba que indudablemente había un hilo conductor, entre ideológico y político, que hacía pasar por alto toda esa andanada de ataques hacia una comunidad en específico y cuyo eco se percibe aún hoy.

La respuesta más simple es que la comunidad latina de Estados Unidos es tan diversa ideológicamente hablando, como las nacionalidades que la componen. Van desde ultraconservadores hasta ultraliberales, pasando por los moderados. También sus experiencias de vida determinan con cuál partido o candidato se ven más identificados, sobre todo si piensan que ese político está respondiendo a sus necesidades e intereses, aunque muchas veces no sea el caso.

Más aún, también la fidelidad al partido político juega un papel preponderante y los mueve el ganar sin importar quién sea el abanderado.

Según la profesora Sylvia Manzano, encuestadora de la firma Latino Decisions, “los latinos que apoyan a Trump no toman en cuenta sus insultos (ya sea hacia su grupo étnico, género, experiencia militar, origen nacional, etcétera), solo les interesa su partido. La prioridad para ellos es votar por y elegir republicanos —es similar a las mujeres que apoyan a Trump, a pesar de las terribles cosas que le hemos escuchado decir sobre ellas—, sus insultos no influyen en su voto”.

Cuando el 16 de junio de 2015 Trump descendió por la escalera dorada de su Trump Tower en la Quinta Avenida de Nueva York para lanzar su precandidatura a la nominación presidencial republicana, su chivo expiatorio fueron los inmigrantes mexicanos.

México, dijo Trump, no envía lo mejor. “Traen drogas, criminalidad. Son violadores, y algunos, asumo, son buenas personas”. Fue su grito de guerra para atraer, con éxito, a un sector de votantes con prejuicios, sobre todo contra los inmigrantes. Y entre ese sector había y sigue habiendo latinos.

De hecho, durante los pasados cuatro años tampoco ha sorprendido ver no solo manifestaciones públicas de apoyo hacia el actual mandatario, sino actos específicos que demuestran la utilidad de este voto para los propósitos presidenciales por parte de latinos que aseguran que los propios hispanos “están destruyendo a Estados Unidos”.

Aunque entre otros sectores de la comunidad latina un insulto contra uno de los nuestros es un insulto contra todos, hay otro sector que no se da por aludido y que está convencido de que ese prejuicio de Trump y de sus seguidores “no tiene nada que ver con ellos”.

Es decir, hay una errónea percepción de que todos los latinos piensan de forma similar, que les ofenden las mismas cosas, que todos son solidarios con su comunidad o que operan como un frente unido. Lamentablemente, el racismo y los prejuicios entre los propios latinos, ya sea por su origen nacional, raza, clase social y nivel educativo son rampantes. Incluso, se podría decir que el trato es aún más ofensivo, sobre todo si el ataque y el insulto provienen de un latino en mejor posición en el entramado del sistema estadounidense, que quien recibe la ofensiva retórica, paradójicamente, en su propio idioma.

Así, quienes se creen “superiores” están convencidos de que los insultos de Trump no van dirigidos hacia ellos, sino a los “ilegales”, o a los “otros”, aunque quizá en una manifestación de supremacistas blancos, esos supremacistas no distingan entre el latino que apoya a Trump y el que no lo apoya, porque para ellos todos estamos en el mismo saco.

Esto es, para la psique supremacista, todo latino no encaja en el modelo sociodemográfico que se pretende reimplantar en Estados Unidos desde la llegada de Trump al poder. De tal modo que ese otro latino afín a la retórica antiinmigrante es solo utilizable en tanto exista un proceso electoral que garantice la permanencia de Trump en la Casa Blanca. Fuera de ese contexto, todos los latinos, antiinmigrantes y pro inmigrantes, resultan ser una y la misma cosa para la corriente supremacista.

Peor todavía es que incluso inmigrantes y latinos que no son blancos, son de escasos recursos o sin educación superior, se discriminan entre ellos mismos.

Para el analista y estratega José Parra, en ciertas áreas del país los latinos que forman parte de la clase dirigente, ya sea política o empresarial, viven en una especie de burbuja y se creen inmunes al racismo, hasta que les toca ir a otra parte del país donde lo sienten en carne propia.

EL DIARIO

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